¿Qué define a un santo?

¿El amor a Dios? ¿Un alto sentido de la ética? ¿Un código moral seguido con apego? 

Cada una de estas virtudes define a un santo pero ninguna tanto como el amor a los hombres por sobre todas las cosas. Pues siendo su necesidad entregar este amor, cada acción conlleva a descubrimientos que favorecen la existencia de la humanidad. Quizá a sabiendas de que el hombre también es una creación, tal vez también sea una forma de amar a Dios al desear que el hombre alcance un nivel de comprensión mediante el cual la vida se torne más clara y llevadera.

Hoy haremos mención de un  hombre que sin haber sido beatificado, dio a la humanidad su sabiduría, así como sus inventos, trascendiendó su propia vida, dejando en claro este amor, ganándose el título de: "El genio que iluminó al mundo".

Nicola Tesla, que con pasión desinteresada investigó, documentó e hizo posible para nosotros que el uso de la energía eléctrica y la comunicación inalámbrica fueran una realidad, dijo en alguna ocasión:

“Un instrumento barato, no más grande que un reloj, permitirá a su portador escuchar en cualquier lado, en el mar o en tierra, música o canciones, o un discurso de un líder político, dictado en cualquier otro sitio, distante. Del mismo modo, cualquier dibujo o impresión podrá ser transferida de un lugar a otro".

Con cada invento pretendían ayudar a la humanidad por encima de cualquier premio o reconocimiento, una actitud desinteresada y poco común. Quizá no fue reconocido en vida pero la vida que llevó y su legado son dignos de mención y dondequiera que esté debemos mostrar gratitud ante la virtud sobrehumana de este hombre que guiado por su pasión pudo predecir un futuro que debemos a él y que se ha vuelto nuestro presente:

Su amor por la humanidad se transformó en inventos que forman parte del mundo que conocemos, Nicola Tesla; 

Un hombre de ciencia con vocación de santo.